Aire de la tierra, connaturalidad, fibras y entraña, sangre, huesos, oído...
Quién sabe.
¿Es posible?
Si uno ha nacido en tierra véneta y si un día sus manos van a dar al violín que interpretará a Vivaldi (otro de la misma tierra), ¿esas manos ya saben de qué se está hablando?
¿Corre con ventaja?
Giuliano Carmignola nació en Treviso, Regione Veneto. Giuliano Carmignola toca el violín. Giuliano Carmignola interpreta a Vivaldi, natural de Venecia.
Aquí quedan estos conciertos para violín (RV 222, RV 273, RV 191 y RV 180), de cuando participó en un festival rumano, con la Orchestra Barocca di Venezia, que él mismo dirigió.
Y a ver si es verdad que un véneto tiene ventaja cuanto interpreta a otro véneto.
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Dos cosas: El Festival Enescu se celebra desde 1958 en Bucarest, en homenaje al compositor y virtuoso rumano George Enescu (1881-1955). Es también una competición famosa. Según se dice, que los violinistas de la orquesta toquen de pie es típico de las formaciones antiguas.
Y una tercera: la entrada original mostraba lo que dice más arriba. Pero no me dejaron mantener el concierto. Así que aquí hay otro, con lo que no perdemos y sí ganamos....
En 1839, el francés Héctor Berlioz estrenó Roméo et Juliette. El 24 de noviembre, fecha de la primera función, la entrada más cara a la Grande Salle du Garde-Meuble de la Couronne, en París, costó 10 francos.
Alguna vez habría que contar algunas cosas que pasaron alrededor de esta obra, pero no ahora.
En la primera parte, hay un fragmento para contralto, que el autor llamó “Strophes”. Allí, con acompañamiento original de arpa y cello, la voz exalta el amor, tema de la obra, y a Shakespeare, por haberlo plasmado en la suya, que inspiró a Berlioz para esta sinfonía dramática en 3 actos.
Los versos que se cantan allí, dicen:
Premiers transports que nul n'oublie! Premiers aveux, premiers serments de deux amants sous les étoiles d'Italie; dans cet air chaud et sans zéphyrs que l'oranger au loin parfume, où se consume le rossignol en longs soupirs! Quel art dans sa langue choisie rendrait vos célestes appas? Premier amour n'êtes-vous pas plus haut que toute poésie? Ou ne seriez-vous point dans notre exil mortel cette poésie, elle-même, dont Shakespeare lui seul eut le secret suprême et qu'il remporta dans le ciel?
Heureux enfants aux cœurs de flamme! Liés d'amour par le hasard d'un seul regard, vivant tous deux d'une seule âme, cachez-le bien sous l'ombre en fleurs, ce feu divin qui vous embrase, si pure extase que ses paroles sont des pleurs! Quel roi de vos chastes délires croirait égaler les transports?
Heureux enfants!... Et quels trésors paieraient un seul de vos sourires ! Ah! Savourez longtemps cette coupe de miel, plus suave que les calices où les anges de Dieu, jaloux de vos délices, puisent le bonheur dans le ciel !
Pese a la fama e influencia de esta obra, no se encuentran muchos registros por allí. A mí me interesó precisamente este pequeño paso para contralto que digo y que frecuentemente es interpretado por una mezzo-soprano.
De lo que encontré, dejo aquí una muestra. Para que elija Ud, compadre, cuál le parece que le parece más a su gusto. Yo ya elegí.
Las intérpretes:
Shirley Verrett, estadounidense; Marion Lebègue, francesa; Christa Ludwig, alemana; Olga Borodina, rusa; Anne-Sophie von Otter, sueca; María Ventura, estadounidense; Marie-Nicole Lemieux, canadiense; Joyce Di Donato, estadounidense; Berthe Auguez de Montalant (de EE.UU., en un registro antiguo, de pasta, claro: era soprano y murió en 1937); Beena David (de raíces indígenas norteamericanas); Catherine Robbin, canadiense; Małgorzata Walewska, polaca.
Hay que tener bastante talento -un talento raro- para sacarle a este instrumento algo más que sonidos armoniosos. Y más: llegar a conmover interpretando, lograr que haya corazón, además de destreza.
Desde que recuerdo, siempre hubo una armónica en casa. La primera era de mi padre. Las demás, eran regalos que un servidor recibía para alguna fiesta, creo que con el propósito amable de que pudiera hacer algo de música. Y lo cierto es nunca pude hacer gran cosa con ellas, salvo paladear cuando alguien las hacía sonar con arte.
Fue precisamente mi padre quien me enseñó a oír a Hugo Díaz. Hizo bien.
Ahora encontré a estos dos jóvenes que, de un modo u otro (son distintos y están a distintas alturas), siguen esa tradición. Son Franco Luciani y Marcelo Cejas.
Una selección de lo que hacen sirve para entender que de alguna manera no hay instrumentos mayores o menores. Hay el hombre detrás, él despierta la música aunque sea de un parche de cuero de cabra, de una caña, de unos tientos de tripas, de unas tablitas que dejan pasar el aire.
Cuando una cantante tuvo otrora y se queda sin voz, hace cosas rarísimas. Se pone anteojos oscuros y un pañuelo en la cabeza que le cubre todo, menos la voz que ya no luce. Si es excesivamente diva -y Narciso es su segundo nombre...-, se vuelve excéntrica, desaparece en una isla de pescadores en Il Mare, se muda a un palafito en el Amazonas, se entierra en una granja en Sudáfrica a criar ñandúes. Y eso para que nadie la oiga ya más.
Pero si una cantante nunca tuvo demasiada voz y es fumadora contumaz y además es extremosa en su modo y en su desparpajo, y es sureña de Il Sud peninsular, digamos, entonces no se le mueve una pestaña si a los 60 no tiene ya la voz que ya no tenía antes.
Si es arte, si es ella misma una hebra del arte quiero decir, y si llega a ser actriz más que cantante, sabe que la interpretación tiene apenas un capítulo en la voz. Y que la voz, la voz-voz, puede apenas ser eso: lo mínimo indispensable, y que tiene que ser muy afinada. Lo demás es sentimiento e intuición de lo que debe hacer. Lo demás es ser ella misma de algún modo la música.
Todo eso y así, se llama Lina Sastri.
Napolitana que canta en su dulce napolitano, muy actriz de teatro y cine ella, muy premiada, querida, apreciada, aplaudida, muy reconocida ella.
Pero sin voz.
O mejor: con una voz que nos hace olvidar de que no tiene voz.
En su modo tan británico de pronunciar británicamente el inglés británico, los ingleses la nombran algo así como Tcheiba, aunque, cuidado...; esa a final que acaban de ver se apaga levemente para que la o original no se diluya del todo, que no es cuestión, porque existe, qué tanto. Y aún más: imperceptible como un reflejo que no estamos seguros de haber o no haber visto, ¿suena, se susurra, se aspira o exhala? una r recóndita, subsumida en la a que ya sabemos que en realidad es o: algo como para entendidos, como una contraseña sonora, para saber si uno pertenece o no, si de algún modo se es NyC o un parvenu, se dijera. La T inicial, allí la tienen, no es cosa que tampoco haya que descuidar, como cualquiera puede comprender.
Y no: de ningún modo haré gala aquí de los simpáticos signos fonéticos. Que para exhibir sus herramientas, ya están los mecánicos, nobles y esforzados. Y no vine a eso.
El caso es que mi estimada June Tabor (las pistas fonéticas sobre June, otro día...) tiene una voz cálida y honda, desde que apareció cantando en 1972. Si alcanzan a oírla hablar en la presentación de alguna de las canciones, se harán un fonético festín de britanicidad. Pero no se distraigan, mis cuates.
Esta inglesa de Warwick sigue cantando a sus casi 70 años y no ha perdido la sonoridad melancólica, sino al contrario: se ha acendrado sin llegar a ser oscura.
Folk, dicen que es, básicamente, su repertorio. Baladas, casi únicamente. Pero lo cierto es que, aun a eso, le ha añadido con los años algunas cuantas variaciones atinadas en instrumentación y fraseo, hasta dejar las cosas en un estilo peculiar. Cuestión de gustos: a mí me cae bien lo que hace.
Una muestra breve de sus músicas y su, a mi juicio ignaro, tan buen gusto para interpretarlas, es todo lo que estoy dispuesto a compartir.
Por ejemplo: entre varios caminos, hay uno que puede hacer tambalear fieramente la fe laica de un evolucionista obcecado.
Y no: no es el de la anatomía y la fisiología de los fotorreceptores y sus consecuentes órganos de la visión.
Es el charango.
Y diría que no es un camino cualquiera.
Oiga, si no me cree, a don Alfredo Coca, una de las glorias bolivianas del charango (me lo pasó gentilmente don Christián, buen amigo), y después me cuenta.
Difícil es que, lo que se necesita para poner en el aire estos sonidos, venga de abajo para arriba y de adentro hacia afuera.
Sería a mis diecisiete, calculo. Por aquellos años descubrí la música antigua y especialmente la medieval.
Cualquiera se da cuenta de que no soy más que un gustador: ni conocedor y menos erudito en estas cuestiones.
Pero desde que la conocí me aficioné a esos sonidos tan dulces como ásperos, y tantos de ellos reconstruidos, a veces con buen tino y buen gusto por quienes saben de veras. Pero siempre sones ásperos para oídos como los occidentales que se formaron con la modernidad y las melodías que se fueron adobando del siglo XV en adelante.
Ni hablar. Para algunos estos sonidos son del todo insoportables, para otros son demasiado como orientales, para otros son casi desafinados, primitivos, bastos. Hasta irreales. Y así.
Ni hablar. Tienen para mí una sonoridad conmovedora en sus melodías, en sus ritmos y en sus dicciones arcaicas. Arcaicas, sí. Pero torpes, nones. Basta tomarse la molestia de llegar al hueso de la poesía que llevan. Hasta en los sonidos goliardescos o chuscos. Y ni decir de la enormidad de misterios y antigüedades que son nuestras raíces y que duermen en esos sones.
Ni hablar.
Sin embargo.
Algo que siempre me llamó la atención es la recepción fría y hasta desagradada de algunos que deberían tener por estas músicas una afición mayor y, por cierto, genuina (no ideológica), verdadera. Y un paladeo acorde, se entiende.
Amadores de aquellos siglos, lectores de sus poetas y filósofos, exaltadores de sus catedrales y castillos, degustadores de sus teologías o batallas, admiradores de sus caballerías y sus iluminaciones coloridas. Y más: prosélitos y apóstoles de la medievalidad, proclamadores de la sacralidad ínsita en sus tiempos y espacios, nostálgicos de su santidad, de su coraje, de su alegría, de su buen humor, de su amor a la fiesta y al trabajo. Celebradores de sus épicas tanto como de sus cervezas y sus vinos, de sus jabalíes rostizados, de sus hogazas brunas. Tan amantes de las finezas de sus amoríos y de sus picardías, como reconocedores de su sentido de la Gracia y del pecado. Veneradores de sus clérigos y caballeros, de sus abades y herreros, de sus matronas labradoras y sus heroicos pastores de ovejas, como fascinados por sus armaduras y sus espeluznantes milagros y leyendas y sus dragones y sus unicornios y sus ciervos blancos y sus lebreles corredores y sus doncellas excelsas. Y más. Y más aún.
Pero.
Muchos de ellos mismos, cuando llegan a los sones de aquellos siglos se detienen inexpresivos como a las puertas de un yermo. Y no hallan nada que gustar y oír gustando. No entienden qué deberían gustar y lo que oyen no los entusiasma ni les habla al corazón y les resulta completamente extranjero ese tiempo. Y así, cuando suenan los medievales, tuercen el gesto como si hubiera entrado en escena algo de lo que más bien parecen avergonzarse y que preferirían disimular, ignorar.
Extraño, mi cuate. Muy.
Nomás oír y ver el despliegue que la música tuvo en aquellos siglos, la afición de los grandes reyes, emperadores y abades, de sabios y reinas, por la música y el canto y la danza. Y la misma afición en los pequeños, en los cualesquiera.
¿Cómo podría uno llevarse de aquellos siglos todo y más que todo, menos la música y el canto y la danza?
¿Cómo podría uno no entender que esos mismos que casi idolatra en todo, menos en la música, era eso lo que cantaban y bailaban y oían con inmensa alegría y sentimiento?
¿Cómo podría?
Sería mala lógica decir que amando todo lo demás, debería uno obligarse por consecuencia a amar sus sones también. Como si dijéramos que por precepto de medievalofilia. Un disparate.
Pero es sospechoso un amor que no entiende por qué el amado ama tanto algo que tiene por alto y bello y que a mí me deja completamente frío y hasta contrariado, llegando al menosprecio. Y, encima, cuando eso pasa, gélidas las papilas que detectan los sabores musicales, miro condescendiente al medieval, ese músico primitivo, deforme, extravagante. En vez de mirarme a mí mismo, que soy quien escupe de sus oídos lo que ellos cantan y tañen y bailan.
Pienso si no será que muchos aman más bien la idea de lo medieval. No la cosa. La misma cosa y la cosa misma. La entera cosa, desde adentro de ella misma, viva, y no como un códice o unas piedras.
Será eso, tal vez. No lo sé. Supongo. O será una tara de mi gusto estragado que ama y celebra a los medievales también por esas extrañas músicas y no a esas extrañas músicas porque sean medievales.
Quién sabe.
Mientras, dejo aquí unas 50 muestras variadas en sus asuntos y melodías, de lugares y siglos distintos, desde el VIII de Alcuino hasta el casi XV de Francesco Landini, pasando por el oriente de Bulgaria hasta el finisterre de Portugal o Albión al oeste, y desde el norte de la Germania hasta el sur de Chipre.
Y así verá usted, mi amigo, qué oye cuando oye, si oye.
Anduve unos días por pagos del sur, en provincia de Buenos Aires. Puro campo y algo de sierra.
Terrible la horizontal del horizonte pampa. Sobrecoge siempre. Llanura todo alrededor.
Y, de tanto en tanto, los cortes de sierras pampas, tan viejas casi como el mundo.
Entre otras cosas, y ya que andaba por esos lados, quería oír a José Larralde en aquellas tierras, que son los pagos por donde nació.
Pero quería oír al otro Larralde.
Cualquiera, si es de por aquí, sabe de Larralde. Canta para que todos lo escuchen desde 1967. Pero se le conoce más que nada la protesta, la denuncia y la queja y el grito de la rebelión. Siempre en aires sureros, claro. Y áspero y recio. Y a veces un poco amargo.
Menos se le conocen algunas ternezas, dulzuras de amor nostálgicas, melancolías del corazón (no del corazón social, sino del suyo de él...); y hasta palabras graciosas y celebratorias.
Las canciones de cuna, las ninne nanne, las nanas (y así siguiendo, no importa con cuáles otros nombres), están entre las cosas que los hombres hemos hecho bien. Es una punta fina del arte. Y es una obra tal que tiene el aire de generosidad y de libertad que no se ve en otras obras artísticas.
Están destinadas a quienes no nos darán mayormente nada a cambio. Y con el propósito casi explícito de que no lo hagan. Son obras para niños que habrán de dormirse al son de esas músicas.
Y si hay algo libre en este mundo es un niño plácidamente dormido.
Y si hay algo feliz en este mundo es la mirada de una madre o un padre viendo dormir a su niño pequeño. Sin más.
De modo que, si hay algo en esto que vale la pena, es la lección de ese apetito feliz de todo por nada que la belleza de veras respira en el corazón -y en la inteligencia- de los hombres.
Pero.
Lástima que los hombres tengamos tan poca confianza en la belleza.
Lástima que no tengamos a mano más versiones de lo bello que el esteticismo o la prostitución interesada de lo bello, haciéndolo trabajar a nuestro servicio.
Lástima que de habitual nos sea un ariete útil para cosas que reputamos mejores y que nos autorizan a usar lo bello como herramienta o como arma. Lástima que de habitual sea tan burgués nuestro paladeo de lo bello, tan ramplón y romo, como un insumo de autosatisfacción, un suntuario inútil a la vez que prestigiosamente útil.
Entre las anteriores, hay alguna que otra canción que descubrí en un lugar ruso.
Resulta que por aquellas tierras se animaron a recolectar canciones de cuna infantiles de todas partes del mundo y, para cada una, hicieron una animación. Proyecto curioso.
Me sorprende que haya quien crea que esas canciones sean cosas que deben ser rescatadas, realzadas, adornadas y vueltas a presentar.
Pero lo cierto es que los rusos lo hicieron. Qué quiere que le diga...
Thomas y Patrick Demenga son suizos y hermanos. Cellistas ambos, además.
Anduve siguiéndolos un tiempo, y me quedé con este resultado que dejo ahora; aquí, juntos o por separado, hacen su arte, que a veces incluye la enseñanza.
En mi tierra, la guitarra es otra, suena distinto; sabe a ginebra o a tinto, y acaricia si desgarra. Con la bordona te amarra a alguna pena de amor; pero el gaucho de mi flor, discreto pa'l entrevero, con la prima va primero aunque lo chuce el dolor.
Tiene la viola el sabor, en este rincón amado, del viento que enamorado la hace sonar con primor. Es su sonido el color del campo cuando amanece, de la noche cuando crece, del fogón que la alimenta; tiene el aire de tormenta que de la nada florece.
El encordado parece la reja de una prisión donde el mismo corazón ama, se alegra y padece. Sienta el hombre, si atardece, la delicia de ese canto, la fuerza que dice tanto, su coraje y su ternura, que no hay belleza más pura que su dulce y triste encanto.
De ese mismo año de 1965, aunque con otras músicas, es este registro de Paco de Lucía y Ricardo Modrego.
Otros 50 años del mismo año y del mismo pulso.
Con todo y eso, me dirá usted, compadre, pero se me hace que hay allí una inocencia que no digo que haya perdido luego, pero que tal vez el oficio enmascaró con destrezas iguales pero distintamente dichas.
¿Vendrían unas y otras de lo mismo? ¿Será así con nosotros cualesquiera en cualquier asunto y arte? ¿Y en la misma vida?
Treinta y cinco años es una buena edad para saber tocar la guitarra.
Y para ser notabilísma como una virtuosa de la guitarra, es más que suficiente.
Se llama Ana Vidović y nació cerca de Zagreb, en Croacia.
Lleva 30 años haciendo lo mismo, cada vez mejor.
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Para seguir el concierto, tal vez sirva esto: 0:00 - Grande Sonata - Allegro Risoluto - Niccolo Paganini 5:45 - Grande Sonata - Romanze - Niccolo Paganini 9:35 - Grande Sonata - Andantino Variato - Niccolo Paganini 16:00 - Sonata para Violín, BWV 1001 - Adagio - Johann Sebastian Bach 19:35 - Sonata para Violín, BWV 1001 - Fuga - Johann Sebastian Bach 24:10 - Sonata para Violín, BWV 1001 - Siciliana - Johann Sebastian Bach 27:05 - Sonata para Violín, BWV 1001 - Presto - Johann Sebastian Bach 29:40 - Sonatina Meridional - Campo - Manuel María Ponce 33:33 - Sonatina Meridional - Copla - Manuel María Ponce 36:05 - Sonatina Meridional - Fiesta - Manuel María Ponce 38:08 - Five Bagatelles - Allegro - William Walton 41:45 - Five Bagatelles - Andante - William Walton 45:00 - Five Bagatelles - Alla Cubana - William Walton 46:54 - Five Bagatelles - Sempre Espressivo - William Walton 48:52 - Five Bagatelles - Con Slancio - William Walton 51:00 - Sonatina - Allegretto - Federico Moreno Torroba 54:25 - Sonatina - Andante - Federico Moreno Torroba 58:45 - Sonatina - Allegro - Federico Moreno Torroba
En 1965, un joven Paco de Lucía -de 18 años por entonces- grabó un disco con 12 canciones de Federico García Lorca para guitarra, en compañía de Ricardo Modrego.
Hace 50 años.
Unos cuarenta años después, el original se rehizo en copia nueva.
Aquí queda el registro original de Don Paco, el de Lucía, ya entre los muertos inmortales.
Hay una música para el otoño y no sé si a todo mundo le sienta igual.
Tardes de cierta niebla, de ciertos humos de maderas que se mezclan con cierta niebla húmeda de los llanos húmedos de por aquí. Algo de frío, tal vez llovizne.
El fuego ayuda. Pero a veces basta la tarde de afuera vista desde la calidez de adentro.
Y la música de otoño, claro.
* * *
No sé por dónde andará ahora.
Supongo que fue allá por 1975 que compré un registro en cassette. Me acompañó durante años y viajes y hace años y viajes que ya no lo encuentro entre mis cosas. Y lo lamento.
Es música de otoño, y no me pregunte por qué. Pero es.
Stepháne Grapelli no necesita mucha presentación. Violín en clave de jazz. Sencillo, sin demasiada pompa ni afectación, pero sentido.
Aquí queda como sonaba cuando tenía aquellas músicas. Y con varios notables: Yehudi Menuhin (de juntos ellos eran mis músicas perdidas...), Oscar Peterson, Claude Bolling, Django Reinhardt, Michel Petrucciani, Baden Powell.
Cuando empiece a caer el sol, este hondón de la sierra, un abra chica, tendrá una frescura intensa y aromada, suave.
Más lejos, sobre las piedras del río, todavía hay lagartijas al sol fuerte. De tanto en tanto, se siente el chapuzón súbito o la caída de agua constante y tronante en el socavón.
Pero no hace calor a esta hora aquí en el abra donde tiene la hostería "El Descanso" don Nicanor Bustos, serrano moreno, quieto y fornido, hombre de muchos años y risa limpia. Vive con su mujer y una chorrera de perros todos mansos y cumplidores como peones.
De aquí busco el agua de la vertiente, la de tomar. Hay que llegarse hasta una especie de patio y cruzar hasta la quinta por el borde de una pirca y sacar el agua de un pico. A veces vengo a buscar cosas de la quinta.
Cuando ando a caballo, bastante lejos del abra, todavía así alcanzo a oír el cello que suena en la tardecita con un eco fantasmal desde el fondo del valle y se esparce como viento.
Son pocas las veces que entro a la hostería solamente a oír. Me parece que molesto, que interrumpo. Entonces me siento en una piedra que hay bien a la entrada, bajo unos cedros centenarios, los únicos de alrededor. Los plantó el padre de Don Nico oí decir.
Pero desde la sombra del camino que lleva a los arcos de la galería de la hostería se oye magníficamente.
Siempre al atardecer, siempre fresco. Siempre sonoro y terrible el cello del abra.
Es un arquitecto y astrónomo que pasa temporadas aquí, en Cabalango. Viene de Río Cuarto y está en la orquesta de la universidad. Algunas veces he visto que viene con su hija, y ella lo acompaña con una viola dulce y vibrante como una calandria. También ella es de la orquesta.
Me paso horas de días oyendo lo que él dice que son ensayos y son conciertos.
Habla poco el arquitecto. Es bastante taciturno, de mirada melancólica pero animada a la vez. Curioso, vivaz, mira la sierra, los árboles y el abra cuando toca, como si buscara allá la música, en las cosas. Cada tanto, cierra los ojos y levanta la frente como en un lamento o en una congoja, y acompaña así la intensidad de las notas, la hondura, el filo hiriente de algunos acordes que parten el alma.
Sí, es de hablar poco, casi nada. Pero se entiende, después de todo. ¡Qué tendrá que hablar con un chico porteño de 10 años que lo oye tocar el cello, cada año, cada verano y algún que otro invierno, durante casi 10 años!
Sí, el chico es medio lugareño, es del pago un poco, pero es porteño, qué tanto... ¿Y qué sabe de cello, qué le importa la viola? Si acaso, y si pregunta, entonces se le habla de estrellas y del cielo...
Y así fue mi infancia y mi juventud de vacaciones en los veranos de Cabalango, Córdoba adentro, y en algunos pocos inviernos de aquellas sierras.
Hoy ya no es aquello. Pero de aquello me quedó la felicidad. Y el cello.
Dejo cello aquí para unas 12 horas. No es tanto. Es lo que duraría un viaje.
En Londres lo llamaban signor Nicola, también le decían il Napolitano. Y esto porque parece que de allí venía Nicola Matteis cuando llegó a la isla.
De tierras de pizza, vino y sol fue a dar a la tierra del budín, las brumas y el whisky.
Eran tiempos barrocos.
Nadie sabe bien en qué momento de aquellos años de la década de 1650 nació, ni exactamente en qué lugar itálico.
Conté alguna vez aquí que en Britania lo tenían por un virtuoso extremo cuando ejectutaba el violín. En sus días, lo vivaban nobles y villanos. Y él como si nada, al parecer. Además de piezas notables, llegó a componer unos pocos libros valiosos para enseñar el instrumento. Al rato, se casó con una rica heredera de alcurnia, dejó la vida de las cuerdas en algún lugar y en algún momento después del casamiento y se retiró, como si se apartara del mundo, aunque no de las mundanidades: se ocupó de placeres tan extremosamente como lo hizo con su arte y ellos lo enfermaron hasta su muerte, cosa que ocurrió en la pobreza, dicen.
Alguna vez mencioné también que le cambió a los ingleses el modo de tocar y oír y gustar el violín. Supongo que les enseñó -de nuevo- a tomar vino, poniéndoles unas notas del sol de Il Mare a sus brumas. Que sería como decir que, con él, el violín brilló por allí un poco más soleado, y con más uva.
Queda sin saberse cuándo y por qué Nicola Matteis viajó y se afincó tan decididamente en Inglaterra. Como nadie sabe bien si aquel prodigio del arco murió a los 53 años o cerca de los 70; sí se atreven a asegurar que fue en Colkirk, como si dijéramos en Norfolk, East England.
Su vida toda está tramada en escorzos de misterios de gloria y miseria. Es claro que il signor Nicola se las ingenió para caminar este mundo sin andar dando demasiadas explicaciones, y al final evanesció en un mutis de contrastes.
Barroco, sí: claroscuros.
Pero los ingleses lo han rescatado de las sombras en el siglo pasado para que luzca su arte otra vez. Y lo quieren. Los que paladean música, se entiende.
Aquí queda algo más extenso de su obra, que ya menté alguna vez y que vuelve por sus méritos.
Es ritmo de danza. Tiene origen en España, pero en la España que iba de un lado al otro de la mar océana. Digamos que es del siglo XVII.
Y de allí fue al entero orbe. Más rápida y sabrosa, más lenta y pastosa, según la mano que compone, según las modas, los gustos, el tiempo. Alemana, inglesa, francesa, italiana: prendió como una fiebre y duró un par de siglos hasta que se apagó.
No para mí, cumpa: la chacona siempre me cayó bien. Y así se ve y así se oye, porque varias veces la he puesto a lucir entre estas músicas.
Aquí queda una selección de variadas muestras del asunto. También se verá que hay trascipciones de una misma partitura para varios instrumentos, y eso para que se cate lo plástica que es la moza.
Podría decirse tal cosa por su sangre o su prosapia, porque es hija, nieta, bisnieta y esposa de condes portugueses. Se me disculpará si me excuso de poner aquí todos sus nombres y títulos: el único que cuenta ahora es fadista.
Al margen de otras consideraciones, son su voz nítida y su buen gusto para decir el fado los que la hacen, como se ha dicho de ella, uma distinta senhora.
Partió desde Sintra hacia el cielo de los que saben su arte, en julio de 1993. Tenía unos 75 años, pero algo de lo que había venido a hacer a este mundo estaba cumplido, creo yo.
A mediados del siglo XII, apareció en el valle de la Baïse una abadía cisterciense hija de otra que había en los Altos Pirineos, en el sudoeste de Francia. Borgoñones que llegaron a la Gascuña a fundar, hicieron florecer, junto con los gascones, lo que terminó convirtiéndose en uno de los centros de irradiación monacal, incluso hasta en España.
Así nació y prosperó la abadía de Flaran en la que se grabó este volumen que dejo ahora aquí y que celebra el canto cisterciense, también con partituras de siglos posteriores como las de Victoria. A mi juicio, que no es el de una autoridad, sorprenden bastante las sonoridades y la variedad de voces en este trabajo.
Los intérpretes son el Ensemble Antiphona, cuyo director es el vocalista lituano Rolandas Muleika, y la Maîtrise du Conservatoire de Toulouse; ambas formaciones -dicen los entendidos- llevan la impronta del lituano, apasionado por la música meridional francesa.
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El programa:
1. Litaniae in honorem Beatae Mariae Virginae 2. Jesu dulcis memoriae, motete de T.L. Victoria
Primera alabanza: San Roberto de Molesme
3. Dives in cunctis, himno 4. Beatus Robertus Abbas, antífona y salmo 109 5.Super Exordium, lectura 6. O Beati viri Roberti 7. Maria virgo virginum, Codex Las Huelgas 8. Alma redemptoris mater, antífona
Segunda alabanza: San Alberico
9. Pulsante cithara, himno 10. Viduata Suo pastore Roberto, antífona y salmo 110 11. Super Exordium, lectura 12. Propter testatmentum 13. Ex illustri Codex Las Huelgas 14. Ave Regina coelorum, antífona Tercera alabanza: San Esteban Harding
15. Sublimis aula caelitum, himno 16. Venerabilis Pater Stephanus, antífona y salmo 112 17. Super Cartam Caritatis, lectura 18. Domine praevenisti eum 19. Salva porta regis glorie, Codex Las Huelgas 20. Salve Regina, antífona
21. Laetare Felix Cisterciem, antífona y Magnificat de T.L. de Victoria
Il lamento dei mendicanti, de Matteo Salvatore, es un conjunto de canciones populares y de autor, grabado originalmente en 1966 por este hijo de la sureña Puglia, que murió hace 10 años.
No todas son músicas antiguas sino que se han mezclado aquí con canciones que solían algunos cantar en plazas y calles de la bassa Italia, nel dopoguerra (dopoguerra... e dopofascismo, se capisce..., perché... perché era più sicuro, e perché una cosa è essere un comunista e un'altra è essere stupido; e un italiano, mai...)
Como otros de su origen, Salvatore fue hombre de izquierda, comunista y militante, especie de emblema musical del sector como en tantas partes ocurre, y por eso mismo lo reconocieron y homenajearon sus compagni.
Y a diferencia de otros compagni, se me hace, Salvatore tenía talento y oficio para la música popular y folclórica, y especialmente para la de su terra pugliese (porque, aunque parezca raro en nuestras pampas, algún talento hay que tener y no alcanza con el carnet del partido, carissimi...)
Para conocerlo, si no se lo conoce, me parece que basta esta selección que dejo aquí, ramillete de cosas varias que muestran su arte. Y su ideología, claro (que, como toda ideología, se desvive por las contraseñas y dice previsiblemente lo que es previsible que diga...)
Una nota al margen para la colección Musique d'abord, del sello Harmonia Mundi. Tanto la colección (de nombre sugerente en la vida política y cultural francesa por su asociación con la consigna maurrasiana: politique d'abord, digo yo) como el sello, tienen un catálogo de lo más interesante y recomendable por su variedad y buen tino en la elección de obras e intérpretes, hasta donde alcanzo a ver.
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El programa de este trabajo: 1 Il lamento dei mendicanti 2 Mo ve'la bella mia da la muntagna 3 Lu furastiero 4 Il pescivendolo 5 Il giorno dei morti 6 San Michele del Monte 7 Padrone mio 8 Popolo del paese 9 La storia dei due fannulloni 10 Inno della republica 11 Francisco a lu paiese 12 Lu pecurere 13 Lu polverone 14 La notte e'bella
Me dicen que la abadía de Le Thoronet es una joya del arte arquitectónico cisterciense (románico del siglo XII) en la Provenza francesa y, por lo que vi, así parece.
Allí se grabó la Messe de Notre Dame de Guillaume de Machault y lo hizo el Ensemble Gilles Binchois que fundó en 1979 Dominique Vellard y que todavía dirige. Binchois, dicho sea de paso, es un afamado compositor belga del XV a quien homenajearon de este modo.
Machault es un compositor notable de música profana y religiosa del siglo XIV, que lleva el mote de gran artista y de innovador, especialmente en los prolegómenos de la polifonía. Esta misa dedicada a Nuestra Señora, por ejemplo, es el primer ejemplo del ars nova en este rubro, como obra salida de la mano de un solo y mismo autor. Ars nova, por su parte y más allá de sus variedades francesa o italiana, es una modalidad de composición que introdujo grandes cambios en las partituras, notaciones e interpretaciones de la música y el canto en aquellos tiempos y que fue el antecedente de mayor influencia para la modernidad musical hasta el siglo XVII, según dicen y así parece.
La vida de Guillaume de Machault es en cierto sentido apasionante por lo azarosa y algo agitada. Pero eso, entiende un servidor, no viene a cuento ahora.
Según los eruditos, Otfrid von Weißenburg es el primer poeta alemán conocido que compuso en lengua vernácula.
Su obra más famosa fue Evangelienbuch y pertenece al llamado renacimiento carolingio del siglo IX; se supone que fue compuesta hacia el final de su vida, que se extiende por unos 70 años desde el año 800.
Monje en la abadía de Weißenburg en Alsacia, Otfrid enhebró en más de 7.000 versos una especie de concordia evangélica, relatando en cinco libros la vida de Cristo, y lo hizo en franconio, dialecto del antiguo alto alemán.
El tenor y musicólogo alemán Wilfried Rombach (primero desde la derecha, en la foto) es el director del Ensemble Officium y grabó en 2005 casi dos docenas de fragmentos del Liber Evangeliorum que corresponden al tiempo de Adviento y Navidad. Una de las ventajas de este trabajo es que conserva los fragmentos recitados en el dialecto tanto como los cantados en franconio o en latín. Su ensemble es un conjunto de vocalistas, instrumentistas y recitadores, también ellos estudiosos de estas músicas.
El manuscrito de Heidelberg del que se tomaron los textos que se grabaron aquí está en pneumas, notación de lo que se ha de cantar que se usó antes del pentagrama. Hay que decir que de algún modo hay que reconstruir casi a tientas y acertar con algo que no se conoce exactamente, pero que los eruditos estudian diacrónicamente con mucho cuidado. Los resultados difieren a veces, pero siempre sobre una base sensata que, a pesar de que no puede dar los ritmos exactos o las exactas pronunciaciones, al menos aproxima las sonoridades de aquellos siglos a nosotros.
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Los fragmentos que se cantan: 01. Wola drúhtin min 02. Præoccupemus faciem Domini 03. Vox clara ecce intonat 04. Thiz sint búah frono 05. Aspiciens a longe 06. Ward áfter thiu irscritan sár 07. Sancta et immaculata virginitas 08. Suscipe verbum Virgo Maria 09. Fûar tho sancta Mária. Thó sprah sancta Mária 10. Beatam me dicent omnes generationes 11. Ecce apparebit Dominus 12. Veni redemptor gentium 13. Wúntar ward tho máraz 14. O magnum mysterium 15. Beata Dei Genitrix 16. Tho wúrun thar in lánte 17. Hodie nobis cœlorum Rex 18. Verbum caro factum est 19. Thar was ein mán alter 20. Adoma thalamum tuum Sion 21. Giwérdo uns geban drútin 22. Alma Redemptoris mater
Dice Marcel Pérès que fue recién a fines del siglo pasado que se encontró esta obra de fines del siglo XV en una de las más antiguas iglesias de Amsterdam. Dice también que se le atribuye a cinco fuentes distintas: dos no mencionan autor; dos mencionan a Antoine de Févin; una, el Codex Occo, la atribuye a Antoine Divitis. Esa versión es la que grabó en 2012 con el Ensemble Organum, que dirige, en un volumen que tituló Lux Perpetua: Requiem.
Dice por otra parte que Occo -rico mercader- es el mecenas que pagó el manuscrito precioso que se halló y que tiene unas 15 misas de autores notables de aquel tiempo.
Además de otras precisiones musicales, dice Marcel Pérès:
Antoine Divitis and Antoine de Févin belonged to the last generation of those men who, at the end of the so-called 'Gothic' era, brought to its highest degree of sophistication the science of numbers applied to the art of sounds. Not until Johann Sebastian Bach and, later, the serial combinations of the twentieth century will we meet once more the fascination that comes from the contemplation in sound of the laws of numbers -and then it will be in a quite different context. For these men of the fourteenth and fifteenth centuries were not only composers; they were first of all members of a choir -all of them priests and canons- attached to the service of a ritual, and through the effect of their consecrated voices they manifested the presence of a tradition, not as an outmoded catalogue of conventional gestures and words, but as a living energy, an immanent flame that illumines the awareness of being present at a ceremony of cosmic, telluric and eschatological organisation: the organisation of liturgical time.
Durante mucho tiempo estuve buscando un Requiem que me conformara. Que no tuviera la majestad impostada ni la profundidad ficta de una obra monumental. Que no fuera virtuosismo sin más. Que tuviera el hálito de la oración más que el de la ceremonia. Que fuera un rito más que una obra de catálogo o por encargo.
Nunca encontré lo que buscaba.
Pero creo que éste es uno de los que elegiría y que descubrí apenas días atrás. Y eso por una parte de las mismas razones que expone allí el francés.
Por otra parte, titular la interpretación de un Requiem como Lux Perpetua, no deja de ser una fina perspicacia que merece ya sólo ella un aplauso.
Allí dejo la referencia para quien sea gustoso de siquiera verlo. Es un poema hallado en un manuscrito de alrededor del año 1000 en esa ciudad capital de la Auvernia francesa, fecha que algunos precisan en el 990.
Compuesto en una variante de langue d'oc -suele llamarse romano-, el poema tiene 129 coplas o estrofas de a cuatro versos asonantes y recorre lírica y narrativamente los días de Jesús desde la llegada a Jerusalén hasta la Ascensión. Según los estudiosos del manuscrito, el que sea de aquellos años de fin del primer milenio, le agrega sabor a muchas referencias históricas y teológicas del texto y muestra algo de la idiosincrasia de aquella bisagra significativa del tiempo cristiano.
Brice Duisit, investigador e intérprete de músicas antiguas, dejó en 2005 una versión con melodía reconstruida por él mismo, que acompaña su canto con una viola de arco y algún sonido de caramillo, siguiendo las costumbres de época.
Es muy probable que el poema haya sido compuesto para ser cantado en modo eclesiástico (como una especie de salmodia de pareados, por lo que se ve en su estructura lírica), pero es claro que tiene a su vez un marcado sabor popular y catequético.
Esa misma cadencia hace pensar en el sentido del tiempo que tenían nuestros antepasados un milenio atrás; cuánto tiempo dedicaban a un relato que hoy parecería largo y aburrido, y cuánta atención le ponían entonces.
Pero hace pensar, a la vez, en cuánto puede hacérsele insoportable todo eso a un cristiano de hoy, por mucho que blasone sus amores por los tiempos de la Cristiandad.
Creo que pasa otro tanto con los textos litúrgicos en lenguas afines o próximas a la que hablaba Nuestro Señor, que son de gran antigüedad y que se conservan y cantan todavía en nuestros días.
Como si Jesucristo hubiera nacido en un monasterio de la Provenza o de La Rioja o de la Toscana, y después del siglo XII, por supuesto... (Aunque podría concedérsele -con salvedades- que hubiera aparecido en tiempos del barroco...)
El caso es que nuestra anemia tradicional, nuestra incapacidad para entender de dónde vienen las cosas y por qué, y hacia dónde van, y qué debemos ver en ellas, y cuánto de ellas es sabroso y valioso, termina dándonos una mirada por lo menos algo trivial, una mirada algo bizca que juzga grande y bueno lo que nos gusta, lo que nos suena bien. O, sencillamente, lo que manda el Manual del Tradicionalista moderno, con su pautado decálogo de antigüedades admisibles. Lástima.
En junio de 1991, en el gran refectorio de la abadía de Fontevraud, se grabó la Misa de san Marcelo.
Fue obra de Marcel Pérès y su Ensemble Organum, con algunos invitados. Es parte de la serie Cantos de la Iglesia de Roma y hay en el registro que dejo aquí, además de la Misa, otras obras que completan el volumen y que proceden de las investigaciones de Pérès sobre el antiguo canto romano, anterior al gregoriano.
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El contenido de este trabajo:
Adoratio crucis Feria Sexta in Passione Domini
Tract.: Domine audivi auditum tuum Tract.: Qui habitat in adiutorio altissimi Improperios: Agios o Theos, Sanctus Deus
Misa de san Marcelo Introito: Statuit ei Dominus Gradual: Inveni David servum meumVersículo: Nichil proficiet Alleluia: V. Disposui TestamentumAlleluia: V. Inveni David Ofertorio: Veritas mea Versículo: Posui adiutorium Versículo: Misericordia mea Comunión: Domine quinque talenta tradidisti michi
Que un crítico prestigioso diga de ella que es una pianista virtuosísima sin huellas de narcisismo, no sólo es un acierto musical: es una galantería espiritual.
El 25 de abril de 2013, en el gran salón del Centro Sava, en Belgrado, Divna Ljubojievic, el coro Melodi que dirige, y algunos invitados rusos y serbios, dieron un concierto por la Pascua, que fue, además, televisado.
El concierto se llamó Востани.Време је, algo así como Levántate, es la hora...
Impresiona un poco saber que hay programas oficiales, en varios de los lugares en los que se profesa la ortodoxia, destinados a rescatar las tradiciones religiosas; y nacionales, claro, como una sola cosa, lo que frecuentemente ocurre entre los eslavos.
Sé que es española, que canta y que es mezzosoprano, que ejecuta instrumentos de cuerdas y percusión.
Sé que formó Calamus y Mudéjar, dos agrupaciones de música antigua española y andalusí, que investiga e interpreta, sola o con gentes varias. Tiene bella voz y un repertorio variado, también musicalizando, sola o con otros, versos de poetas antiguos como juglares o más recientes.
Je ne suis pas de celles qui meurent de chagrin. Je n'ai pas la vertu des femmes de marins. Dis, quand reviendras-tu?*
Así dice en una canción de 1962, que ya traje por aquí no hace tanto.
Barbara, es el nombre artístico de una mujer de vida extraña y más que nada difícil -muy difícil-, pero que tiene una de las voces que más aprecio en esta moda que se llamó la chanson française y que dio unos cuantos buenos momentos a la música de mediados del siglo pasado.
Ella era una de las extravagantes en aquel mundo, pero no tanto: la France da esos frutos bastante seguido en los últimos 300 años. Y no sólo entre los que cantan.
Jacques Brel, otro raro de aquellos años, dicen que dijo de ella: Barbara es una buena chica. Está un poco loca, pero es una locura sana. Estoy un tanto enamorado desde hace tiempo...
Dicen también que tenía unas cuantas mañas exóticas en el escenario, como que el taburete debía estar a 62 centímetros de altura y el piano estar afinado en 442, cosa que no sé qué será pero que, según me entero, es una subida de tono más alta que lo habitual.
Muy bien: ¿y con eso qué?
Monique Serf, así se llamaba, con 67 años murió en 1997.
El título de esta entrada, La dame brune, es el de una canción que Georges Moustaki escribió para ella allá por fines de los '60 y que cantaron juntos.
Queda ahora una selección ya hecha en un álbum, que muestra su estilo y su voz, dulce y desgarrada a la vez.
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* No soy de las que mueren de tristeza. No tengo la virtud de la mujer del marinero. Dime, ¿cuándo volverás?
Adelaida Allegri tenía una bonita voz de contralto. Grave, sonora. Como el mar, diría; como un mar grave, se entiende.
Si la conservara hoy día, sería una bonita voz de 102 años... Pena de la vida: hace treinta años que ya no canta bajo esta luna.
Me crié oyéndola, ella al piano y cantando a tres voces (mi padre -ya abaritonado tenor- y su hermano -ya barítono atenorado, muy pocas veces al violín- completaban el trío fraterno); era en las siestas cordobesas de la ciudad: un cuarto fresco donde estaba el piano con unos sillones de cuero verde y unas cerámicas heladas por piso, ingenio de contructores que no sé cómo lograron que el infierno veraniego quedara afuera. Y es así que entre el frescor en sombras y los sones, esos conciertos informales (lo primero que había en nuestras vacaciones al llegar) eran para nosotros los chicos de entonces el cielo mismo, aunque esa gloria durara lo que un suspiro y mis hermanas y yo nos quedáramos con sed de más. Ya en las sierras, eneros de cigarras y torrentes, sobre la falda serrana oscurecida y bajo unos talas y molles, a capella viajaban las voces de ellos tres, a veces después de un rosario de la tarde y antes de la comida, a veces de sobremesa, con un silencio de grillos y un frescor de poleo o de cedrón por toda orquesta.
Quién sabe y no será por eso que no sé de un registro que me conmueva más en una mujer que el de contralto, con esa aparente oscuridad que es de una intensidad que no hallo igual. Me dicen que es poco femenino. Digo que están completamente equivocados. Hay gente que sabe de músicas, pero un servidor sabe otras cosas.
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Tres colecciones que dejo aquí están dedicadas a cuatro voces de esa laya, aunque distintas en tantos aspectos: por un lado, Marie Nicole Lemieux, de Canadá, y la inglesa Kathleen Ferrier; por otro, la holandesa Aafje Heynis y, por último, la siberiana Galina Baranova, aunque es un caso especial el de esta mujer y tal vez un asunto excesivamente ruso para gentes de los Urales hacia el oeste.
Claro que de cada una tengo músicas preferidas y hay una de estas muchachas que me gusta más que las otras (pero quién soy yo, después de todo, para acertar en ese jardín...)