Siempre me pareció bastante cínica y brutal. Y nunca entendí del todo qué quiso decir Serrat. Pensaba si acaso le pasó, si le pasó algo así. Cómo saberlo, si él mismo no lo cuenta. Aunque en la poesía, en cuanto arte, siempre hay universalidad.
Pero.
Creo ahora, con todo, que con esta canción pasa como con el tango: se entiende con los años. No digo que se entiende más o mejor. Digo que se entiende, y nada más.
Y Ud. disculpe, si no es molestia: diría además que (por algún lado) tal vez se trata de una cuestión matemática lo que late allí, simplemente. Una aplicación de un breve postulado, bajo el ropaje de una canción.
+ x - = -.
Más por menos, menos.
Muchas cosas deseables (+) frente al todo indeseable (-), es nada de la persona (-).
Al menos, en lo que a amores humanos se refiere.
¿Que las personas y sus cosas no son signos matemáticos? Claro. Entiendo. No lo son.
Pero, cuidado, hay más sentido en las cosas que lo que se ve a simple vista.
Las matemáticas son también ellas, quodammodo, una metáfora de la vida.
De una obra más extensa, dejo aquí una selección de las Doce flores argentinas, de Carlos Guastavino.
Son seis, para ser más preciso.
1. Cortadera, plumerito. 2. El clavel del aire blanco. 3. Campanilla, ¿adónde vas? 4. Jazmín del país. 5. Aromito, flor de tusca. 6. ¡Qué linda la madreselva!
Solange Merdinian, sigue siendo tan simpática (y mezzosoprano, claro...)
Idir es el nombre artístico de Hamid Cheriet, autor kabila del norte de Argelia y emblema de la música de ese pueblo bereber en el país africano.
Murió a los 70 años hace 2 años, en mayo de 2020, por una enfermedad pulmonar. Lo lloran en Argelia.
Dejo unas muestras de lo que me gustó más y me pareció representativo. Canta en francés y en bereber y hasta tiene una versión en esa lengua de Scarborough Fair.
La última canción muestra Kabilia, a lo largo de 10 minutos. Lindo y misterioso país.
En 2014, apareció un disco grabado por el laudista búlgaro Yavor Guenov.
La obra es parte de lo poco que se conoce del maestro italiano Giovanni Zamboni. Casi nada de su vida, salvo que nació en algún momento de la última parte del XVII y murió cerca de 1720.
De sus composiciones, se supone que la mayoría están perdidas, sólo quedan no mucho más que un conjunto de 11 sonatas y una Ciaccona, algunas de las cuales grabó aquí Guenov.
A veces es un raro contento dar con esos misterios.
Volvió inesperadamente. Como cuando el pasado se hace presente, casi sin tiempo. Linda sorpresa.
Ahora veo que fue hace unos años que apareció acá con su historia, Patio de Nogales, y recién, búscandola, me doy cuenta de que ya no está.
Pero tiene que. Porque es linda zamba. Y un buen recuerdo.
En esta selección que hice, está el Dúo Socavón, primero, porque ellos me la presentaron hace mucho. Pero, después, hay otras dos versiones, en un raro crescendo. Un Grupo Montenegro que no conocía. Y Suma Paz, que sí.
La juntada es intencional: hay que oír primero las guitarras del Dúo, después el piano que se atreve a poner el Grupo, con acierto. Al fin, Suma Paz hace una versión de cámara, estilizada, honda.
Hace 40 años, para estas mismas fechas poco más o menos, escribí tres poemas sobre asuntos del ciclo arturiano. Con el tiempo, los tres compusieron un libro que se llamó finalmente Artúrica.
En estos últimos días se me aparecieron una y otra vez aquellos versos, por razones muy distintas, aunque no tan distintas a aquellas que los inspiraron entonces.
Como quiera ser, bien vale la "memoria afectiva" para mentar con afecto (y eso es cosa mía...), no a los versos aquellos, sino a Ginebra.
Entre las complejas vías del antiguo ciclo de Artús, aparece una historia en la que participan Lancelot, Elaine de Corbenic (hija del custodio del Santo Grial) y finalmente sir Galahad.
¿Y Ginebra?
Precisamente, Elaine se enamora de Lancelot y, con artes mágicas, toma la forma de Ginebra. De esa unión amañada por ella nacerá sir Galahad, hijo bastardo y el único caballero puro, digno de encontrar el Cáliz Sagrado, por eso mismo. Ricos símbolos hay allí...
Pero, ¿y Ginebra?
Precisamente. Ella está hasta cuando no está.
Y por eso mismo, después de 40 años, se merece mi saludo gentil.
Difícil encontrar música adecuada, aunque busqué, créame, y bastante.
Me decidí al fin (y esto también es cosa mía...) por esta selección de partituras de varios autores del XVII inglés, hechas con fineza por Théotime Langlois de Swarte al violín y Thomas Dunford al laúd, titulada The Mad Lover, y he visto que los delicados críticos musicales británicos no entienden por qué se llama así esta selección.
Algunos pocos lograron cantar mal esta canción de Léo Ferré, que ya tiene 50 años. Y no están aquí.
Y que hayan sido algunos pocos tal vez sea mérito de la letra terriblemente triste y desencantada. O de la partitura que condensa ese desencanto y esa tristeza. O de la dicción a la que obliga la letra y la partitura. Cómo saberlo de cierto.
Con todo y eso, me alegra oír que varios le dieron su impronta y vieron algo más en la canción y lo expresaron, a su modo.
Lo que prueba –y usted perdone–, por una vía curiosa y lateral, aquello que dice santo Tomás de Aquino:
"Por esto dice Aristóteles, en III De anima, que el alma es en cierto modo todo, porque está hecha para conocerlo todo. Y según este modo, es posible que
en una cosa exista toda la perfección del universo."
(...Et
ideo in III de anima dicitur, anima esse quodammodo omnia, quia nata est omnia cognoscere. Et secundum hunc modum
possibile est ut in una re totius universi perfectio existat (De Veritate q.2, a.2 in c.)
Tiene, a mi gusto, al menos tres notas que me la hacen atractiva: es mezzo, es casi imposible conseguir datos de su carrera y vida y fue discípula de la tandilense María Cristina Kiehr, que más de una vez fue invitada aquí.
Pero hay una cuarta cosa: canta a Barbara Strozzi (y dicen que con gran calidez y calidad barroca).
La veneciana Strozzi es una de las compositoras más prolíficas del XVII italiano, que ya es decir. Hija de un noble y su sirvienta, tuvo una vida dura por su doble condición de bastarda y compositora, pero eso no fue un impedimento para frecuentar la belleza. Como debe ser, claro.
Quienes editaron este trabajo que queda aquí (con asuntos profanos y religiosos), advierten lo que ya se sabe: Strozzi frecuentemente componía para voce sola, sin instrumentos. Y la voce sola, habitualmente, era la suya.
Pero por esta vez. Y porque me presentaron esto en estos días y cumplo lo que prometí.
Claro que hay algunas condiciones, nada es gratis.
1. Tiene que gustarle la música. 2. Tiene que gustarle el tango. 3. Tiene que tener sentido del humor.
Y estar atento, eso sí. Porque hay más cosas en estas pampas que son tango (o pueden devenir tango...) que las que sueña tu partitura, Horatio...
Así que, por esta vez, remito a una larga lista de muestra de lo que hace la Orquesta Romántica Milonguera, porque lo hace bien, según yo.
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Pero, no... ¿Cómo se le ocurre? De ningún modo tiene que oír 59 canciones. No todas juntas, por lo menos. Pero en dosis racionales, le convendría, creo.
El Classico Terzetto Italiano lo formaron en 2005 tres especialistas: Ubaldo Rosso (flauta), Carlo De Martini (viola) y Francesco Biraghi (guitarra).
Ellos hacen estas tres Serenatas de Joseph Küffner, un extraño y talentoso músico alemán, especialista en piezas para guitarra, que vivió entre el XVIII y mediados del XIX.
En la iglesia de St. Andrew, en Toddington, Gloucestershire, Christopher Wilson, como laúd solista, y en dúo con Shirley Rumsey, grabaron en noviembre de 1995, una serie de piezas para laúd de autores venecianos de los siglos XV y XVI –entre los que hay un anónimo–, como Joan Ambrosio Dalza, Francesco Spinacino, Vincenzo Capirola y Franciscus Bossinensis.
Para una madrugada fresca y luminosa, es una compañía fresca y luminosa.
Algún día, traeré aquí piezas clásicas ejecutadas para o con este instrumento bastante raro (aunque conocido para los que conocen algo de música). Tiene algunos siglos dando vueltas.
De hecho, es un instrumento hecho de partes de otros instrumentos y de modo bastante versátil, porque no hay una sola versión. Más cuerdas para bajos, a veces sumadas a más cuerdas para sonido de arpa, según y conforme. Puede tener de 10 a casi 40 cuerdas.
Voy a dejar ahora unos ejemplos recientes de guitarristas diestros que atacaron la guitarpa, guitarra arpa, harp guitar y varios nombres más (lo que resulta acorde con las variedades múltiples del instrumento, claro...)
Al final de esta breve muestra, aparece Pasquale Taraffo, virtuoso italiano que llegó a tocar en la Argentina, dando conciertos en giras internacionales.
Suele decirse que nadie se interesa demasiado hoy día por la guitarpa. Lástima. Aunque todavía no me decido, el sonido –concedo: algo híbrido–, me suena bien.
Cosas barrocas americanas con músicas de Gaspar Sanz y Santiago de Murcia, que pasaron varias veces de un lado a otro de la mar océana y siguen dando hijos a ambos lados.
Es la tercera vez que lo digo. Y tal vez es la vencida.
Pasa que estos versos de Agustín García Calvo me gustaron siempre, pero hechos canción por Amancio Prada. Hablé de esto en 2012 y el año pasado también porque se había perdido el original y porque encontré una otra rara versión de algo que casi nadie canta.
Pasa ahora que encuentro una música distinta para esto mismo, de Antonio Selfa, grabada en el otoño europeo de este año. Y entonces aquí voy otra vez.
Bien oída, la letra del poema es incisiva. Tal vez el hecho de que García Calvo haya sido anarquista explica esa "generosidad amorosa" de no aferrar a la amada, de soltar completamente sus alas para que vuele libre de él, de todo, de todos, de Dios y hasta de ella misma. Y a decir verdad parece un poco tensa esta "generosidad amorosa".
Es poesía, claro. Y dice bien (algo que no sé si está tan bien...) Y que sea una expresión lírica en parte habilita la hipérbole de la oferta. Pero liberar a alguien de tanto (de Dios, de uno mismo) es demasiado.
No sé cómo piensa un anarquista (aunque yo mismo lo soy, frente a ciertas arquías...); por mi parte creo que es tiránico arrojarla a esa "libertad", es como disolverla, hacerla que no sea ya. Es lo opuesto a la anarquía. Como si le dijera: "mía o de nadie", aunque diga: "no mía ni de nadie...".
Pero tal vez es cuestión de preposiciones y no más que eso. Déjela libre, claro. Y tal vez se dice algo más hondo y verdadero, si la suelta de veras, con solo cambiar libre de por libre en: libre en todo, en todos, libre en Dios, libre en ti... Y la cosa resulta hasta más noble y no menos poética, diría.
No hay que repetir lo que ya se mostró y que puede volver a verse siguiendo las huellas más arriba. Sí mostraré algo que no había mostrado cuando publiqué la versión más estilizada de 1990 de Amancio Prada. Ésta es de 1979.
Y no hay por qué comparar, se entiende. Ni las dos de Prada ni las de Prada con la de Selfa. Aunque un servidor ha comparado y tiene su dictamen...
Y, por la fatiga de sufrir la repetición, convido a los oyentes pacientísimos una simpática versión
que hace Prada con acompañamiento de El cantar tiene sentido, un popular polo margariteño.
(Polo es música de Venezuela y Margarita, su isla, quede dicho).
Dejemos de lado la filosa concordancia de sujeto y verbo: que 20 años no es nada.
Pero que algo tiene la cifra, algo tiene: 20 años. Y tendrá pero no sé qué será.
En estos días, por ejemplo, acá en la llanura interminable, hubo de todo alrededor de los 20 años de hace 20 años. Cada quien tironeó para su lado, y todos se llevaron una parte de no sé qué. Como si hubiera habido algo para repartir, algo para celebrar.
Decía Péguy, más o menos, que no hay que contar las pérdidas como si fueran ganancias.
Pero dejemos también eso.
Los cantores de por acá y por allá andan cantando desde hace tiempo algunas cosas de los 20 años. Desdichados 20, felices 20, vacíos 20, 20 dolorosos, fiesteros 20, y casi siempre en abriles que son emblemas (septentrionales) de juventudes dichosas o calaveras, de desengaños o de edades de oro.
En fin, ya lo verá usted cuando oiga las cosas que si quiere oirá.
¿Y que 20 años no es nada? Asigún, vea, asigún.
Pero allí está el tópico. Porque es un tópico, y un número como mítico.
La verdad es que la vida es y no es 20 años. Porque la vida no es un almanaque.
Y 20 años pueden ser no más que 20 años, o pueden ser 100.
Estaba en asuntos sobre el tiempo perdido (todo un tópico, si viera usted...), pero se me cruzó otra cuestión. Y hasta allí fui, porque una cosa y la otra no están tan lejos, después de todo.
(El caso del tiempo perdido, es todo un caso en la música..., para otra vez.)
Menté a Jaime Dávalos ayer en ens. Y será por eso que esta mañana al alba se me apareció la Tonada del viejo amor que compuso con Eduardo Falú.
Varias veces Dávalos compuso poesía para introducir una canción. También en la Tonada, claro. Pero me acordé de que, en este caso, no fue un poema, sino que fueron dos.
Y no sé por qué.
Y mientras sigo haciendo una puerta, lo voy pensando. Pero si alguien lo sabe...
El mar, era en tus ojos la infinita inocencia del agua que hasta el cielo busca la inmensidad. En su verdor salobre arde la claridad a mi asombro exclusiva, en íntima deiscencia. Entornados, tus ojos miran desde la bruma el tierno advenimiento foral de la mañana o bajo el mediodía de viento y resolana, sobre el azul y el oro, el triunfo de la espuma. Desde una adolescente madurez sonreía. mas allá del deseo que en mi carne encendía el limpio animal puro que vences de estupor. Los fuegos del retiro desolado te ofrece, aun viendo que inasible y constelado crece en tus ojos marinos el inefable amor.
Pero, con Falú cantando, dijo estos pareados:
Grabé tu nombre y el mío en las arenas del mar, y un juramento, que nunca me atrevería a jurar.
El viento, como el olvido, la arenita se llevó, y ahora se ha vuelto arena, lo que juramos tú y yo.
No le prometas a nadie que nunca lo olvidarás, porque el amor es eterno, y nuestra vida fugaz...
Hace unos días que estoy en deuda con esta niña, que me presentaron hace poco.
Alcalá de Guadaira es una ciudad próxima a Sevilla (que ya casi ni se distingue una de otra y llega a barrio...). La patrona de Alcalá de los Panaderos (así dicho porque hay muchos allí que proveen a Sevilla) es una sonora Virgen del Águila... y olé.
Y allí, hará unos 25 años, nació Paola Hermosín (e mi chiedo cosa c'entri qui questo nome Paola, se questa ragazzina è andalusa...)
La pasión que le pone a la música es un contento de ver y oír, cuando explica lo que toca y canta y cuanto canta y toca lo que explica. Ella sabe (y lo dice) que su estilo es más de guitarra clásica que flamenca, pero...: es sevillana y eso cuenta.
Tiene parvas de videos con ejecuciones de otros autores de todos los colores y algunos con las suyas propias de ella. Siempre con una gracia que sonríe a como dé lugar, no importa qué interprete. Me hace gracia su gracia. Y por eso está aquí.
Dejo para ustedes, y como muestra, nomás las que son de su tierra. Quien quiera más, busque más.
Entre los oyentes, hay una dama especialmente perspicaz, a qué negarlo.
Me desafió a recordar un caso similar al de Shane McGowan, que mentaba nomás ayer.
No fue un día pacífico, pero mientras pasaba mojones y kilómetros en los caminos desde el alba, me vino a la mente algo que ya habíamos oído por aquí. Y parece que acerté.
The Briar and the Rose, es una canción de principios de los '90 que compuso y publicó Tom Waits. Aire inspirado en la música tradicional hiberno-escocesa (otra vez) y una balada de asunto onírico inspirada en un antiguo y algo oscuro cuento alemán, que apenas si el autor refiere en una frase de la canción. El caso, en el sueño, es el entrevero de un brezo o planta espinosa y una rosa, como metáfora de un amor tan hondo como fatal que, finalmente, y creciendo con el tiempo y las lágrimas, se vuelve tan acerbo como frondoso y enredado.
Esta vez, aunque el caso aplica al desafío de nuestra amable dama, prefiero que se oiga primero una versión que me gusta mucho, ciertamente más que la de Tom Waits, que va después. De modo que, antes, la espléndida Niamh Parsons.
Y sí, en parte tiene razón, mi estimadísima. Aunque no tanto, me perdone.
McGowan estaba (esa vez, en un pub, esa noche y otras tal vez) sumido en lúpulo, pero tiene buena voz. Waits desgarra. Siempre.
Dos canciones que siempre me gustaron. Cada una con su historia.
La primera, Raglan Road, es una historia de amor frustrado, en Dublín.
El poema original (On Raglan Road) lo compuso Patrick Kavanagh a mediados de la década de 1940, nel mezzo del camin della sua vita, dijera Dante. Se mudó y por la calle de su nueva casa (Raglan Road, precisamente) veía pasar a una jovencita universitaria (iba y venía de la universidad). Hilda Moriarty, que tenía la mitad de sus años, fue su musa desde entonces. Pero ella no quiso llegar a más que agradables conversaciones: él era un cuarentón, ella una veinteañera, así que: ni modo.
El poema (que se hizo canción más tarde con la melodía de otra canción tradicional irlandesa), fue el primero de varios destinados a Hilda, por el enamorado Patrick.
La otra canción proviene de un poema antiguo, de origen escocés en realidad, aunque como canción es muy popular también en Irlanda. The parting glass tiene varios padres, aunque ninguno cierto. Lo que sí parece claro es que los versos provienen del siglo XVII y que vuelven a aparecer y completarse en el XVIII. Otra vez, la melodía que se ayuntó a los versos es tradicional y aparece en varias canciones desde el siglo XVIII.
Traducir el título de estos versos como "La del estribo", no estaría mal. Porque es ése el sentido, la intención de la letra: darle una última copa al que parte, una para el camino, costumbre de muchos pueblos en todo tiempo.
Dejo aquí abajo tres asuntos.
El primero, porque me pareció simpático e ilustrativo, es la explicación breve del origen de On Raglan Road y el bonus track de la canción entonada por el autor de los versos, Patrick Kavanagh.
En cuanto a las dos canciones (que ya anduvieron por Il Mare tiempo ha), las dejo en dos versiones sumamente tensas y tal vez las más ásperas que conozco de ambas. No son las interpretaciones canónicas, en modo alguno, pero a la pesca de ésas irá el oyente atento de estas páginas, si es que tiene interés.
Raglan Road la canta aquí Van Morrison. The Parting Glass la canta Shane McCowan.
Morrison, a su modo, actúa tan melancólica y trágicamente la letra que le hace un favor al sentimiento de Kavanagh. A mi oído, se entiende.
Y McCowan... Pues, qué decir: McCowan está totalmente borracho. Y no sé si La del estribo no debería sonar mejor así...
Los primeros trabajos "largos" fueron en catalán, hacia fines de la década del '60.
Pasó que, cuando había publicado el primero, aceptó cantar –en castellano, se entiende– representando a España en un festival internacional europeo. Y sus paisanos, entre abucheos y puteadas, empezaron a hablar mal de él. Entonces renunció a la representación. Y entonces sus "otros" paisanos lo putearon y abuchearon también. En fin, que arrancó mal: quedando mal con todos, aunque siguió cantando en castellano tanto como en catalán.
Con el tiempo eso pasó y, en cierto sentido, se olvidó. Y hoy es Joan Manuel Serrat, a secas. Canta en el idioma o dialecto que se le da la gana, aunque –dice él– ya no cantará más en público. Qué se yo.
En medio de aquellos primeros líos, y como prueba de "pureza de sangre", se le ocurrió publicar en 1968 un disco con canciones tradicionales catalanas, arregladas para la ocasión, mayormente bien, a mi gusto.
Y aquí lo dejo.
¿Que usted no entiende catalán? Pues, qué decirle. No hace falta. Las canciones se pueden gustar igual. Y, además, no es tan difícil el catalán. Sobre todo, si usted sabe castellano (y un poco del francés antiguo de la Marca...)
Con el invierno, de las manos de Camille Thomas, llegó la versión para cello y piano de Vater unser, de Arvo Pärt, asunto que ya había grabado el año pasado en este volumen que va primero.
La que llegó es la que me gusta. Porque me gusta verla tocar. La interpretación es completa si se la ve haciendo la música.
Y, claro. La interpretación original, con Arvo Pärt al piano.
_______________________________________________
La letra, es obvio, es el Padre nuestro.
Vater unser im Himmel, geheiligt werde Dein Name.
Dein Reich komme.
Dein Wille geschehe, wie im Himmel so auf Erden.
Unser tägliches Brot gib uns heute.
Und vergib uns unsere Schuld, wie auch wir vergeben unseren Schuldigern. Und führe uns nicht in Versuchung, sondern erlöse uns von dem Bösen.
Pero debe ser mucho más difícil si se va contando el pasado en caramelos perdidos, que ya no están.
Renaud Séchan lo hizo, en 1985. Y bien. Creativo.
¿Quién es? Un letrista, cantante y actor nacido hace 69 años en París. Renaud a secas, en Francia.
Hombre de izquierdas y militante (pese a este memento no muy progresista...), dedicó esta canción a su hija Lolita, según dicen, nostalgioso de su infancia. Infancia feliz y dulce. De caramelos.
Mistral gagnant
À m'asseoir sur un banc cinq minutes avec toi
Et regarder les gens tant qu'y en a
Te parler du bon temps qui est mort ou qui reviendra
En serrant dans ma main tes petits doigts
Puis donner à bouffer à des pigeons idiots
Leur filer des coups de pied pour de faux
Et entendre ton rire qui lézarde les murs
Qui sait surtout guérir mes blessures
Te raconter un peu comment j'étais minot
Les bombecs fabuleux qu'on piquait chez le marchand
Car-en-sac et Mintho, caramels à un franc
Et les Mistral gagnants
À marcher sous la pluie cinq minutes avec toi
Et regarder la vie tant qu'y en a
Te raconter la terre en te bouffant des yeux
Te parler de ta mère un petit peu
Et sauter dans les flaques pour la faire râler
Bousiller nos godasses et se marrer
Et entendre ton rire comme on entend la mer
S'arrêter, repartir en arrière
Te raconter surtout les carambars d'antan et les coco boers
Et les vrais roudoudous qui nous coupaient les lèvres
Et nous niquaient les dents
Et les Mistral gagnants
À m'asseoir sur un banc cinq minutes avec toi
Regarder le soleil qui s'en va
Te parler du bon temps qui est mort et je m'en fous
Te dire que les méchants c'est pas nous
Que si moi je suis barge ce n'est que de tes yeux
Car ils ont l'avantage d'être deux
Et entendre ton rire s'envoler aussi haut
Que s'envolent les cris des oiseaux
Te raconter enfin qu'il faut aimer la vie et l'aimer même si
Le temps est assassin et emporte avec lui
Les rires des enfants et les Mistral gagnants
Et les Mistral gagnants
Un oyente (lo verán si lo ven) contó algunos detalles:
Pour ceux qui se demandent ce que signifie le nom "Mistral Gagnant", voici une petite explication:
Mistral Gagnant" était le nom d'une poudre vendue dans un sachet hermétique dans lequel on pouvait verser de l'eau, et cela faisait un soda orange ou citron. Et il s'appelait "Gagnant", parce qu'en retournant le sachet, on pouvait lire dans certains cas la mention "Gagnant", ce qui permettait d'en avoir un gratuit en rapportant le papier au marchand.
Renaud, trente ans plus tard, promène sa fillette de 3 ou 4 ans, et repense du coup à son enfance, alors il veut lui faire découvrir les bonbons qu'il aimait étant enfant: Les caramels à un franc (ancien franc des années 50), les Coco Boher, vendus dans une petite poche métallique avec laquelle on se coupait la langue les jours de maladresse, et les Mistral Gagnant: En promenant sa fille, Renaud se rend compte que tous ces bonbons ont disparu: Il voudrait les lui faire découvrir, on devine qu'il a cherché dans les magasins, mais les commerçants lui expliquent ce "ça ne se fait plus"... D'où la fin: "Le temps est assassin et emporte avec lui les rires des enfants... et les Mistral Gagnant".
Renaud, désabusé, a perdu son rire d'enfant, et il ne retrouvera plus les saveurs de son enfance, mais il veut malgré tout continuer à aimer la vie. C'est une histoire très simple, mais sublime, parfaitement racontée, sur une musique magique qui exhale toute la pureté de l'enfance. S'il n'y avait qu'un disque de chansons pour le monde entier, "Mistral Gagnant" y aurait sûrement sa place.
Nota: No lo dice el oyente allí, pero además de los Mistral, los Coco Boher (de coco), y los Caramels, eran caramelos de aquellos años '50, los Car-en-sac, los Minto (de menta, claro), los Carambar (una barrita de sabores varios) y los Roudoudous, que también nombra Renaud en la canción.
Que sea de Buenos Aires podría ser un motivo, aunque a fines de los '90, a los 20 años, se haya ido a Europa a estudiar las cosas de las cuerdas y ya para quedarse.
Que sea tal vez la más experta en laúd y otras cuerdas pulsadas en este tiempo nuestro, en este mundo de estos días, podría ser otro motivo.
Que no tenga casi marketing y con todo y eso sea una autoridad reconocida asaz, también podría ser.
Pero.
La miro pulsar a Bach.
Y la miro y la miro, mientras oigo, para ver qué le veo.
Y es eso.
Todo el glamour viene de la música.
Porque la música no necesita glamour.
A Bach –y al laúd– le basta con Evangelina Mascardi.
Es cubana. Y militante, claro..., de la trova cubana, por trova y por cubana, claro.
Vengo oyéndola hace un tiempo a esta muchacha de raíces asturianas (transparentes por su apellido), a quien le pusieron un nombre ruso por razones... militantes, claro.
Pero la canción es la canción. Los versos son de una grabación de 1988. Hay versiones donde cantan juntos con Pedro Guerra, talentoso canario. Me quedo con ésta.
Es una de las músicas del Brasil que más me gusta. No le crean mucho al nombre –choro– porque de habitual no llora y es más bien festivo, aunque con una suave melancolía, que está en Portugal y heredó Brasil. Es música popular bastante vieja, del siglo XIX, a fines. Y tiene muy buenos compositores e intérpretes.
En esta entrada se ve y oye a Epoca de ouro, un ensemble de muchos años especialista en estas cosas, que repasa algo de la historia del género. Los instrumentos son los canónicos: guitarra, guitarra de 7 cuerdas, mandolina, cavaquinho, flautas y un pandero.
La entrada anterior con este nombre está en ens, porque allí tenía que estar.
Y esta otra está aquí por lo mismo.
En 1952, Celina González compuso Yo soy el punto cubano, un son guajiro (como le dicen...) que se hizo harto famoso. Ella había formado dúo con el amor de su vida, Reutilio Domínguez, que hacía la discreta segunda voz. Celina tenía predilección por los ritmos de la música campesina de su tierra, Cuba, y cierto espíritu religioso que la volcaba a alguna devoción por los ritos afrocubanos.
Celina y Reutilio se volvieron famosos. El dúo terminó cuando se separaron a mediados de los '60 y ella siguió cantando sola. Con los años, revivió las épocas de éxitos cantando a dúo con su hijo, también llamado Reutilio.
Nomás al comienzo, en la letra aparecen dos palabras: manigua y mambí. Pues bien, sin discutir el origen de la palabra, digamos que, genéricamente, los mambises son como guerrilleros que se levantaron y combatieron contra España en varias épocas de mediados y fines del XIX en Santo Domingo, Cuba y Filipinas. La manigua es un pantano.
Y algo más. El punto es un modo de composición musical que toma el nombre de los punteos de cuerdas que acompañan el dictado. Y éste dictado suele ser una décima y frecuentemente espinela. Así se verá cuando lo oiga usted a continuación. La gracia de estas décimas populares antiguas (ya había en el XVI y el XVII) la retomaron en América, por ejemplo, repentistas, improvisadores o payadores. Para su deleite, la rima de la décima octosílaba es a b b a a c c d d c.
A cualquier efecto, repito. La composición es de 1952.
Ahora bien.
David Blanco, en 2019, cantó y filmó su versión de Yo soy el punto cubano. Dura casi 3 veces más que la original de Celina y Reutilio y ya verá por qué.
Mientras tanto, Blanco es un joven músico, cantante y autor cubano, con bastante fama en varias partes. Su toque es la fusión de estilos y ritmos, con una estética particular, como también se verá a continuación.
Así las cosas, el detalle que me trajo hasta aquí con estas músicas es precisamente que la versión cubana actual dura casi tres veces más que la original.
Son un grupo de folklore aragonés, que cantan aquí en idem.
El nombre de este conjunto, Bosnerau, se refiere a una criatura mítica –presente con otro nombre en la mitología vasca–, que es una especie de ogro o troll de las montañas, no agresivo sino benévolo.
Y eso es todo.
La canción, que oí hace ya un tiempo y ayer recordé, me gustó.
La letra queda aquí para los coreutas interesados.
T’allá por ixos puntals en do siempre brilará o Sol dibuixaré allí un paisache, o reino d’a polida flor en do ya no puyan os ombres, allá ye en do campa l’amor
Se’n irá a primavera que toto o mon imple d’ulor; podrá ir-se-ne a cabaña entera, podrá amortar-se ya ista luz, podrá irse a chen ent’atra tierra ¿qué i trobarán si no i yes tu? Me’n iré a veyer estrelas que bel viello remerará, conchuraremos ta que pleva, ta que nos amostre o camín; y cuan pasez por ista puerta, y cuan pleguez yo seré astí.
Los que saben, dicen que el oratorio Juditha triunfans devicta Holofernes barbarie (1716), de Antonio Vivaldi, es el único que se conserva completo de los que compuso.
Tiene una cantidad de asuntos interesantes alrededor. Por ejemplo que el libreto está enteramente en latín, inspirado en el Libro de Judith y en la épica de esta mujer judía frente a los asirios y su rey Holofernes, a quien decapitó, como ya se sabe. Como era obra compuesta para el Ospedale de la Pietà de Venecia, todos los papeles fueron interpretados por jóvenes internas, igual que la orquesta. También están los turcos mezclados en la partitura y el texto, como una celebración veneciana por las victorias recientes de Venecia ante los otomanos. Y cosas así. Por otra parte, los méritos musicales y literarios de la obra están discutidos por los que siempre discuten los méritos de las obras. A mí me alcanzó con lo que oí.
Esta versión que dejo es muy reciente, de agosto de 2020.
Ahora bien. Lo que a mí de veras me atrajo, es haber descubierto que el papel protagónico lo tiene la mezzo Luciana Mancini, muchacha de raíces chilenas pero nacida en Suecia, a la que me encuentro casi siempre en partituras barrocas, tanto americanas como europeas. En este caso, se me hace que alcanza el registro de contralto con facilidad. Y con la dulzura –en la voz– que es la característica que me gusta de ella.
El flamenco, ya se sabe, no es solamente guitarra.
Pero sin guitarra no hay flamenco.
Y a veces, oyendo lo que aquí dejo, se tienta uno y da en pensar que sin Paco de Lucía no hay guitarra.
El concierto de Aranjuez y la suite Iberia (para piano).
Ni Joaquín Rodrigo ni Isaac Albéniz se imaginaron que sus partituras iban a ir a dar a esas manos.
Y no quiero imaginarme la soledad que esa guitarra suya debe sentir, ahora que Francisco Sánchez Gómez, Paco, el de Lucía, oye la música desde el cielo de Algeciras.
Instrumento carnoso, oscuro de timbre (un "baritenor", le llamaba Celletti), homogéneo, de proyección espectacular y diamantina en el registro agudo, manejado con facilidad, solo aparente, ya que es el resultado de una personalísima forma de afianzar la zona de paso, mediante el ligero entubamiento del sonido. De impresionante capacidad respiratoria, que le permitía ligar y mantener el sonido (incluso por encima de lo meramente musical, degenerando a veces en excesos atléticos) Posibilidad de regular adecuadamente la dinámica del sonido (escúchese el Si Bemol agudo final de "Celeste Aida", en la grabación de EMI, o a la conclusión del aria "¡Ah! Leve-toi soleil", de Romeo y Julieta de Gounod). En el canto a media voz, el sonido se oscurece, lo cual permite colorear ciertas frases. La dicción no es ejemplar: la "s" sonora resulta confusa y tiende a exagerar, de manera casi grotesca, la "r" final. Cuando canta en idiomas distintos al italiano (en francés, inglés, español y alemán) la pronunciación es muy deficiente. No evita los feos efectos de los portamentos exagerados (escúchese la profusión de ellos en el "Ah si ben mio") y se complace en los calderones. La línea de canto es salpicada de sollozos, resoplidos y bufidos que la vuelven exageradamente melodramática (Vesti la giubba). Le falta habilidad en en canto florido. Cuando el canto requiere voluptuosidad (Mario), fiereza (Manrico) o potencia (Calaf), Corelli es el rey. Corelli supera al Del Monaco, porque cuando quiere, sabe cantar con delicadeza. Iguala a Pavarotti en el mítico Do de pecho.
Esta cita del ya fallecido crítico musical valenciano Gonzalo Badenes Masó (que veo que figura en la enciclopedia libre), se publicó originalmente en la revista Ritmo, una famosa revista española dedicada a la música clásica desde hace casi 100 años. Allí el crítico tenía una columna que se llamaba Voces. La Universitat de València publicó la recopilación de esos artículos en un libro de 2005, a cinco años de su muerte.
Bien.
¿Quién soy yo para enmendarle la plana?
No puedo decir que no tenga razón y sus razones. Ni lo contrario.
Lo que digo es que no me importa.
Y se los digo una y otra vez. Pero no tengo suerte con los músicos. Ni con los críticos de los músicos. Ni con los melómanos.
Qué remedio.
Franco Corelli (de él estaban hablando...) cantó de todo.
Y a mí me gusta oírlo cantar canciones de Nápoles.
Carlos Varela, además de ser cubano y no ser alemán, no es Robert Schumann. Ni Franz Schubert. Tampoco es barítono, y por eso será que no es Dietrich Fischer-Dieskau.
Haydée Milanés, por su parte, tampoco es británica y también es cubana. Y no es contralto. Y, entonces, ni hablar de que sea Kathleen Ferrier.
Un servidor, dicho sea de paso y en puridad, no sabe tocar el piano. Que si no...
Porque, o yo soy un zopenco o esto que dejo aquí es un lied, hecho y derecho.
Tradúzcase el texto al alemán, transcríbase convenientemente la partitura para piano y acompáñeselo con él.